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Charles Baudelaire: La Metamorfosis del Vampiro.

jueves, 27 de agosto de 2009



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Ya hemos hablado largamente sobre Charles Baudelaire; tanto de su obra como de su agitada vida; temas que naturalmente retomaremos a su debido tiempo, ya que este poète maudit es una de nuestras lecturas fundamentales.
Hay algunos poetas, no siempre los mismos para cada uno de nosotros, que nos marcan de manera indeleble, como si entre el poeta y el lector se cerrase un silencioso e íntimo pacto. No me sucede lo mismo con la narrativa, ya que he aprendido a querer a algunos autores que en un principio detestaba; pero con la poesía me sucede algo distinto: siempre he conservado más cerca del corazón a aquellos poetas que me conmovieron en la primera lectura. Baudelaire es uno de esos romances.

Aclarada mi absoluta parcialidad en el tema, me retiro sigilosamente en puntas de pie. Nunca está de más ser prudente en estos asuntos; quizás se haga presente el romance, y no me gustaría ser un estorbo.

Los dejo en manos del poeta y el vampiro.


La Metamorfosis del Vampiro.
Charles Baudelaire.



La dama, entre tanto, de su labios de fresa
estremeciéndose como una serpiente entre brasas
y amasando sus senos sobre el duro corsé,
Decía estas palabras impregnadas de almizcle:
Son húmedos mis labios y la ciencia conozco
de perder en el fondo de un lecho la conciencia,
Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales.
y hago sonreír a los viejos con infantiles risas.
Soy para quien sepa contemplarme desvelada,
la luna, y soy el sol, el cielo y las estrellas.
Yo soy, mi amado sabio, tan docta en los deleites,
Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos,
o cuando a los mordiscos abandono mi busto,
tímida y ligera y frágil y robusta,
Que en esos cobertores que de emoción se rinden,
Impotentes los ángeles se perdieran por mí.

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula
y muy lánguidamente me volvía hacia ella
A fin de devolverle un beso, sólo vi
rebosante de pus, un cáliz pegajoso.
Yo cerré los dos ojos con helado terror
y cuando quise abrirlos a aquella claridad,
A mi lado, en lugar del fuerte maniquí
que parecía haber hecho provisión de mi sangre,
en confusión chocaban fragmentos de esqueleto,
De los cuales se alzaban chirridos,
como los de una agria e infernal veleta,
o los de un cartel, al cabo de un vástago de hierro,
que acaricia el viento en las noches de invierno.


Charles Baudelaire.

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